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Sumario Ejecutivo

Dos intervenciones americanas en Cuba reúne siete ensayos que revisan críticamente uno de los capítulos más controvertidos de la historia nacional: la intervención de Estados Unidos en la guerra hispano-cubana de 1898, la ocupación militar que condujo al nacimiento de la República en 1902 y la segunda intervención estadounidense, iniciada en 1906 tras la crisis política que puso en peligro el orden constitucional recién creado.

El propósito del libro no es sustituir una interpretación dogmática de la historia por otra. Su punto de partida es precisamente el contrario: cuestionar una narrativa oficial que durante décadas presentó aquellos acontecimientos casi exclusivamente como episodios de dominación imperial, reduciendo la complejidad de los actores, circunstancias y resultados que determinaron el nacimiento de la República cubana.

La obra parte de una premisa fundamental: la reconstrucción democrática de Cuba requiere también una revisión crítica de su pasado. Una transición política puede cambiar instituciones y gobernantes, pero será incompleta si sobreviven intactos los mitos históricos y categorías ideológicas utilizados durante décadas para legitimar el totalitarismo. Por ello, el revisionismo histórico —entendido no como negación de los hechos, sino como reconsideración de su significado a la luz de nuevas preguntas y evidencias— constituye también un ejercicio de libertad intelectual.

Desde esa perspectiva, el volumen somete a revisión varias afirmaciones profundamente arraigadas en la historiografía cubana: que en 1898 España estaba prácticamente derrotada por el Ejército Libertador; que la intervención estadounidense arrebató a los cubanos una victoria militar inminente; que la ocupación entre 1899 y 1902 tuvo como objetivo fundamental impedir la verdadera independencia; que la República surgió como una creación artificial de Washington; y que las intervenciones estadounidenses pueden explicarse únicamente como manifestaciones de expansionismo imperial.

Los diferentes autores no ofrecen idénticas respuestas a todas estas cuestiones. Esa diversidad es parte deliberada de la obra. Sin embargo, sus investigaciones convergen en una conclusión importante: la historia de las intervenciones estadounidenses en Cuba fue considerablemente más compleja que la versión binaria de una nación cubana homogénea enfrentada simultáneamente a España y a un nuevo ocupante extranjero.

Una guerra cuyo desenlace no estaba decidido

Uno de los principales argumentos del libro cuestiona la idea de que, en la primavera de 1898, la independencia cubana estuviera militarmente asegurada.

El Ejército Libertador había conseguido mantener una formidable guerra de desgaste y había demostrado la imposibilidad de que España pacificara definitivamente la isla. Pero ello no equivalía a encontrarse en condiciones de obtener a corto plazo una victoria militar decisiva. Los independentistas tenían enormes dificultades para conquistar y conservar las principales ciudades, puertos y fortificaciones, mientras España mantenía un ejército numéricamente muy superior y no mostraba disposición alguna a capitular ante los insurgentes.

Al mismo tiempo, la Cuba de finales del siglo XIX estaba lejos de constituir un bloque político homogéneo. Independentistas, autonomistas, anexionistas, integristas y amplios sectores de población sin una afiliación política definida existían todos dentro de una sociedad profundamente afectada por décadas de conflicto. La revolución independentista era decisiva para la formación de la nación, pero tampoco estaba exenta de tensiones internas, divisiones regionales, diferencias sociales y raciales y distintas concepciones acerca del futuro del país.

La intervención de Estados Unidos alteró radicalmente ese equilibrio. En apenas unos meses España sufrió una derrota que puso fin a cuatro siglos de soberanía colonial. Para varios de los autores, por tanto, la entrada estadounidense en la guerra no debe considerarse simplemente como la interrupción de una victoria cubana inevitable, sino como el factor que convirtió una guerra prolongada, cruenta, destructiva y de desenlace incierto en la derrota definitiva de España.

La actitud del propio Máximo Gómez ilustra esas contradicciones. Cuando el capitán general Ramón Blanco le propuso en 1898 unir a españoles y cubanos contra Estados Unidos, Gómez rechazó la propuesta. Lejos de considerar la intervención estadounidense como una invasión contra la independencia por la que había combatido, vio en ella el instrumento que podía acelerar la derrota española.

De un país devastado a una República

El libro dedica especial atención a un aspecto frecuentemente subordinado al debate sobre soberanía e imperialismo: qué ocurrió material e institucionalmente en Cuba entre 1899 y 1902.

El país que quedó después de la guerra se encontraba devastado. La agricultura y las infraestructuras habían sufrido enormes daños, el desempleo era masivo, el analfabetismo superaba el 60 % y las condiciones sanitarias eran catastróficas. De unos 500 centrales azucareros existentes, apenas 217 estaban en condiciones de producir.

La administración militar estadounidense encabezada sucesivamente por John Brooke y Leonard Wood emprendió un amplio proceso de reconstrucción. Se distribuyeron alimentos, se reorganizaron los servicios públicos, la policía, los tribunales y el sistema de correos; se ejecutaron obras de saneamiento, alcantarillado e infraestructura y se desarrolló una campaña sanitaria que, con la decisiva contribución de un científico cubano, Carlos J. Finlay, permitió controlar la fiebre amarilla.

Los indicadores recogidos en el libro muestran la magnitud del cambio. La mortalidad general cayó drásticamente entre 1898 y 1900 y la fiebre amarilla fue erradicada de la isla en 1902. En educación, las aulas públicas pasaron aproximadamente de 635 a 3.550 y la matrícula de unos 38.000 alumnos a 143.000. Se estableció la enseñanza primaria gratuita y obligatoria, se reorganizó la Universidad de La Habana y más de mil maestros cubanos viajaron a Harvard para recibir formación.

Pero la reconstrucción más trascendente fue institucional. Los gobiernos de ocupación incorporaron a numerosos cubanos —entre ellos destacadas figuras procedentes del independentismo— a la administración pública. En 1900 se celebraron elecciones municipales y posteriormente fueron elegidos los delegados a la Asamblea Constituyente. Fueron cubanos, no funcionarios estadounidenses, quienes debatieron y redactaron la Constitución de 1901 y quienes posteriormente eligieron las instituciones de la nueva República.

La ocupación, desde esta perspectiva, aparece como un período contradictorio: Cuba carecía todavía de plena soberanía, pero simultáneamente se estaban construyendo las instituciones que permitirían ejercerla.

La Enmienda Platt y los límites de la soberanía

El libro no evade el elemento más conflictivo de aquella transición: la Enmienda Platt.

Su incorporación a la Constitución fue impuesta por Washington y estableció una soberanía limitada, incluyendo el derecho estadounidense a intervenir bajo determinadas circunstancias. Los ensayos reconocen esa imposición y las tensiones que provocó entre los constituyentes cubanos.

Pero el volumen propone analizarla dentro del contexto histórico y estratégico de comienzos del siglo XX, en lugar de convertirla en explicación única de toda la relación bilateral. La Enmienda condicionó la soberanía cubana, pero no eliminó la existencia de un Estado cubano, de instituciones representativas, elecciones, derechos constitucionales ni una vida política nacional propia.

Esta distinción resulta esencial para comprender la segunda intervención.

1906: cuando la crisis nació dentro de la República

La segunda ocupación estadounidense no fue consecuencia de una nueva guerra colonial ni de un intento por destruir un movimiento independentista. Surgió de una crisis política interna cubana.

La controvertida reelección de Tomás Estrada Palma, las acusaciones de fraude electoral, la rebelión de los liberales y la incapacidad de las fuerzas políticas para alcanzar un acuerdo condujeron al país al borde de una guerra civil. Estrada Palma solicitó la intervención de Estados Unidos y terminó renunciando a la presidencia.

Washington reasumió entonces temporalmente la administración de Cuba.

El análisis de este episodio permite al libro introducir una cuestión que atraviesa todos los ensayos: la diferencia entre ocupación, intervención, estabilización y anexión. La presencia militar extranjera constituye necesariamente una limitación de la soberanía; pero sus objetivos, duración, mecanismos y resultados importan para evaluar históricamente cada caso.

Estados Unidos no anexó Cuba después de 1898 ni tampoco después de 1906. En ambos casos estableció administraciones temporales y posteriormente transfirió el poder a gobiernos cubanos.

La segunda intervención expuso, sin embargo, una debilidad que acompañaría a la República: instituciones constitucionales relativamente modernas coexistían con prácticas políticas personalistas, clientelismo, caudillismo y dificultades para resolver pacíficamente los conflictos por el poder.

1898 como posible referencia para la Cuba del siglo XXI

Aquí el libro deja de ser exclusivamente una revisión del pasado.

Varios ensayos se preguntan qué enseñanzas pueden extraerse de las experiencias de 1898-1902 para una eventual transición cubana contemporánea. La comparación no pretende afirmar que dos momentos separados por más de un siglo sean equivalentes. Las circunstancias nacionales e internacionales son radicalmente distintas. Pero existen problemas que reaparecen bajo nuevas formas: colapso institucional, deterioro económico, crisis de servicios básicos, emigración, fragmentación social y necesidad de reconstruir simultáneamente el Estado, la economía y la confianza ciudadana.

La experiencia de 1899 sugiere que una transición exitosa requiere una secuencia. Antes de convocar apresuradamente un proceso político definitivo puede resultar indispensable restablecer condiciones mínimas de seguridad, funcionamiento administrativo, servicios esenciales, reglas jurídicas y garantías para todos los actores.

Uno de los ensayos presta particular atención al uso del tiempo como herramienta política. Frente a un régimen que puede utilizar la dilación para conservar el poder, la experiencia de la primera ocupación ofrece otra posibilidad: emplear un período transitorio sujeto a objetivos verificables que, una vez alcanzados, activen automáticamente la siguiente etapa institucional. El censo de 1899, las elecciones municipales, la Constituyente, la adopción de la Constitución y finalmente la transferencia del poder en 1902 conformaron una secuencia orientada hacia un resultado definido: el establecimiento de un gobierno cubano.

Esta reflexión conduce a uno de los mensajes contemporáneos más relevantes del libro: una transición no debería confundirse ni con improvisación ni con permanencia indefinida de una autoridad provisional. La estabilización solo adquiere legitimidad democrática cuando conduce, mediante plazos, condiciones y mecanismos verificables, a devolver plenamente la soberanía a los ciudadanos.

Revisar el pasado para poder imaginar otro futuro

Dos intervenciones americanas en Cuba no presenta las intervenciones estadounidenses como procesos exentos de intereses geopolíticos, imposiciones o contradicciones. Tampoco pretende disminuir el papel fundamental del independentismo cubano en la construcción de la nación. Lo que cuestiona es una interpretación teleológica según la cual todos los acontecimientos deben acomodarse a una conclusión previamente establecida: Estados Unidos como potencia exclusivamente imperial y Cuba como víctima pasiva de una independencia frustrada.

El cuadro que emerge es más complejo.

Sin las guerras independentistas cubanas difícilmente habría existido la coyuntura que condujo al fin del dominio español. Pero sin la intervención estadounidense de 1898 tampoco puede darse por sentado que España hubiera sido derrotada, al menos a corto plazo. Sin la ocupación posterior no puede explicarse adecuadamente la velocidad con que un país devastado recuperó servicios públicos, creó una amplia red educativa y sanitaria, organizó elecciones, redactó una Constitución y estableció una República. Y sin reconocer los graves errores cometidos posteriormente por los propios actores políticos cubanos tampoco puede comprenderse la crisis que desembocó en la intervención de 1906.

El 20 de mayo de 1902 no nació una República plenamente soberana en el sentido contemporáneo del término. Nació bajo las limitaciones de la Enmienda Platt y dentro de una relación profundamente asimétrica con Estados Unidos. Pero nació también un Estado cubano constitucional, con autoridades cubanas elegidas, instituciones propias, derechos reconocidos jurídicamente y mecanismos representativos de gobierno, algo que nunca había existido en la isla.

Ese reconocimiento no obliga a idealizar la intervención estadounidense. Obliga, simplemente, a abandonar las explicaciones en extremo simples y binarias que se impusieron como dogma inescapable a la nación. Y ahí reside probablemente la tesis que unifica todo el libro: Cuba necesita recuperar el derecho a discutir libremente su propia historia.

Durante décadas, el poder político convirtió determinadas interpretaciones del pasado en dogmas de legitimación del presente. Revisarlas no significa borrar el patriotismo cubano ni sustituir una historia oficial por otra. Significa devolver a historiadores, investigadores y ciudadanos la libertad de preguntar qué ocurrió realmente, qué alternativas existieron, qué decisiones tuvieron consecuencias positivas o negativas y qué puede aprenderse de ellas.

Porque el problema que plantea Dos intervenciones americanas en Cuba no pertenece únicamente a 1898 o 1906. Es una pregunta dirigida a la Cuba que vendrá: si el país vuelve a encontrarse ante una ruptura histórica, ¿será capaz de aprender de su pasado en lugar de quedar nuevamente prisionero de él?

Dos intervenciones en cifras y hechos

Cuba al terminar la guerra: un país devastado

  • 1,572,787 habitantes: era la población de Cuba registrada por el censo de 1899. La Habana tenía aproximadamente 240,000 habitantes.
  • Más del 63.9 % de la población era analfabeta al comenzar la ocupación estadounidense.
  • De aproximadamente 500 centrales azucareros, apenas 217 estaban en condiciones de producir al terminar la guerra: menos de la mitad.
  • Cuba había tenido alrededor de 3 millones de cabezas de ganado en 1895 y que, al terminar la guerra, quedaban apenas remanentes de aquella masa ganadera.
  • Habían desaparecido más de 100 fincas, 3,000 ranchos ganaderos, 800 vegas de tabaco y 700 haciendas cafetaleras.
  • Frente a unos US$150 millones de capital invertido antes de la devastación, el país acumulaba más de US$100 millones en deudas al comenzar 1899.
  • Más del 40 % de la población laboral estaba desempleada.
  • Solo funcionaba aproximadamente la mitad de las escuelas públicas que existían en 1895.

La correlación militar en 1898 cuestiona la tesis de una “victoria inminente”

  • El Ejército Libertador contaba con unos 25,000-40,000 combatientes, enfrentando 117,209cubanos enrolados como voluntarios y guerrilleros cubanos al servicio de España además de sus más de 162,000 soldados regulares.
  • El registro elaborado posteriormente para el licenciamiento de las fuerzas mambisas superó los 50,000 integrantes (el incremento se produjo después que EE. UU. declaró la guerra a España) , pero), incluía no solo combatientes, sino correos, sanitarios, prefectos, funcionarios y otros auxiliares.
  • En 1898 las estadísticas militares españolas contabilizaban en Cuba 279,414 efectivos: 162,205 pertenecientes a Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros y otros cuerpos; 30,581 a las guerrillas y 86,628 al Cuerpo de Voluntarios.
  • En la campaña de Oriente, Calixto García movilizó aproximadamente 4,000 soldados cubanos, coordinados con las fuerzas estadounidenses.
  • En la zona central, Máximo Gómez disponía de aproximadamente 3,000 hombres, que contribuían a obstaculizar el desplazamiento de entre 35,000 y 40,000 efectivos españoles hacia Oriente.
  • La guerra independentista llevaba tres años sin un desenlace militar definitivo; después de la entrada de Estados Unidos, España fue derrotada en aproximadamente tres meses.

De la emergencia humanitaria a la recuperación sanitaria

  • Solo durante la primera mitad de 1899 se distribuyeron más de 5 millones de raciones de alimentos para aliviar el hambre, con prioridad para hospitales e instituciones benéficas.
  • La tasa de mortalidad general pasó de 98.19 por cada 1,000 habitantes en 1898 a 17.7 por cada 1,000 en 1900.  Es decir, la mortalidad general cayó aproximadamente 82 % en apenas dos años.
  • La fiebre amarilla, uno de los grandes azotes históricos de Cuba, llegó a cero casos en 1902, después de las campañas sanitarias vinculadas a la aplicación de los descubrimientos del médico cubano Carlos J. Finlay.
  • Se remodelaron sistemas de alcantarillado, se construyó una fábrica de cloro, las calles eran desinfectadas dos veces por semana y La Habana recibió una instalación para la incineración de basura.

Una transformación acelerada de la educación

  • Las aulas públicas pasaron de 635 a 3,550 en aproximadamente un año: más de cinco veces el número inicial.
  • La matrícula escolar pasó de aproximadamente 38,000 a 143,000 alumnos. Eso representa un incremento de alrededor del 276 % en la matrícula.
  • Otra fuente calcula 31,000 niños matriculados en 1887, durante la ocupación la matrícula llegó a más de 172,000.
  • Más de 1,200 maestros cubanos fueron enviados a recibir formación en Harvard; otra fuente calculó 1,450 maestros.
  • La enseñanza fue declarada gratuita y obligatoria para los niños de 6 a 14 años.

Reconstrucción institucional y elecciones

  • En 1900 se celebraron las primeras elecciones municipales bajo la ocupación.
  • Podían votar los varones mayores de 21 años que cumplieran determinados requisitos de alfabetización o propiedad; los miembros del Ejército Libertador quedaron exentos de esos requisitos.
  • En las elecciones realizadas entre 1900 y 1901 participaron aproximadamente 180,000-200,000 votantes.
  • Los más de 53,000 integrantes licenciados del Ejército Libertador equivalían, por tanto, a más de una cuarta parte del universo de votantes de aquellas elecciones.
  • La Asamblea Constituyente estuvo integrada por 31 delegados.
  • Fue convocada el 25 de julio de 1900, elegida el 15 de septiembre, comenzó sus sesiones el 5 de noviembre y la Constitución recibió la firma de sus 31 delegados el 21 de febrero de 1901.
  • El nuevo Tribunal Supremo quedó compuesto por 7 magistrados.
  • La República de Cuba nació el 20 de mayo de 1902, menos de cuatro años después de terminadas las operaciones militares contra España.

La dimensión cubana dentro de Estados Unidos

  • Se documenta la existencia de al menos 72 periódicos cubanos en cinco ciudades estadounidenses: 35 en Nueva York, 14 en Tampa, 14 en Cayo Hueso, 8 en Nueva Orleans y 1 en Washington.
  • La mayoría de esos medios se concentraron durante las décadas de 1880 y 1890 y estaban vinculados principalmente al independentismo contribuyendo a informar y sensibilizar al público estadounidenses y diseminar información a otros periódicos sobre la realidad cubana bajo dominación española.
  • José Miguel Gómez describía en abril de 1898 a Estados Unidos como una nación de aproximadamente 70 millones de habitantes que acudía en ayuda de la independencia cubana.

Una economía cubana que ya miraba hacia Estados Unidos

  • En 1894, Cuba produjo 1,111,000 toneladas de azúcar; más del 80% de su azúcar se exportaba a Estados Unidos.
  • Tras la devastación de la Guerra de Independencia, la producción azucarera cayó de 1,111,000 toneladas en 1894 a solo 259,000 toneladas. Esto significa una caída de aproximadamente 77% de la producción azucarera.

Medidas legales adoptadas durante el primer año de intervención — 1899

  • Entre enero y diciembre se promulgaron más de 250 órdenes, abarcando justicia, administración, hacienda, propiedad, municipios, educación, sanidad, obras públicas y asuntos militares.
  • Junio de 1899 fue el pico de actividad normativa, con alrededor de 40 disposiciones en un solo mes.
  • En apenas los primeros 11 días de enero se organizó el gobierno civil, creando cuatro Secretarías, nombrando a sus titulares y poniendo en marcha la administración insular.
  • Se mantuvieron inicialmente los Códigos Civil y Penal españoles, en lugar de derogar de golpe todo el ordenamiento anterior. La intención práctica era evitar un vacío jurídico mientras se reorganizaba el Estado.
  • Se creó el Tribunal Supremo de Cuba mediante la Orden Civil No. 41, estableciendo una instancia judicial superior propia para la Isla.
  • Se reorganizó el sistema judicial, incluyendo tribunales, jueces, fiscales y procedimientos, y se suprimieron o modificaron instituciones heredadas de la administración colonial, entre ellas el antiguo Tribunal Contencioso.
  • Se estableció y reorganizó el Registro Civil, trasladando al ámbito civil funciones fundamentales relacionadas con nacimientos, matrimonios, defunciones y estado de las personas.
  • Se decretaron moratorias hipotecarias —entre ellas las Órdenes 46 y 69— para enfrentar la situación de propietarios y deudores afectados por la devastación económica de la guerra.
  • Se tomaron medidas sobre la propiedad y las reclamaciones de bienes, incluyendo disposiciones relativas a propiedades abandonadas o afectadas por el conflicto y reclamaciones vinculadas a caballos y otros bienes utilizados durante la guerra.
  • Se adoptaron disposiciones para reorganizar las finanzas públicas y la recaudación, al tiempo que se eliminaron determinados gravámenes procedentes del sistema colonial.
  • Se avanzó hacia la descentralización fiscal de los municipios, otorgándoles responsabilidades y recursos para la administración local.
  • Se suprimieron determinados gravámenes coloniales, como parte de las medidas destinadas a liberalizar y reactivar la economía.
  • Se estableció la gratuidad de los títulos académicos, eliminando cargas que dificultaban el reconocimiento y ejercicio profesional.
  • La Gaceta pasó a funcionar como órgano oficial de publicación de las disposiciones del nuevo gobierno, proporcionando un mecanismo formal para hacer pública la legislación.
  • Se regularon los indultos, incluyendo la continuación de medidas aplicables a antiguos miembros del Cuerpo de Voluntarios español.
  • Se establecieron reglas de competencia judicial para los delitos cometidos por tropas, delimitando qué jurisdicción debía conocer de los actos criminales atribuidos a militares.
  • Se creó una administración de las tierras estatales, incluyendo el nombramiento de un Inspector de Tierras del Estado.
  • Se organizó el censo de 1899, que no tuvo únicamente una finalidad estadística, sino como condición objetiva para avanzar posteriormente hacia la convocatoria constituyente.

¿Qué ocurrió con los soldados del Ejército Libertador?

  • Al terminar la guerra había alrededor de 50,000 integrantes registrados que necesitaban reincorporarse a la vida civil.
  • La Asamblea de Representantes llegó a considerar un préstamo privado de aproximadamente US$35 millones para remunerarlos, pero las condiciones asociadas al préstamo hicieron que fuese finalmente rechazado.
  • El presidente McKinley ofreció inicialmente US$3 millones como donación sin obligaciones futuras.
  • El licenciamiento inmediato terminó proporcionando aproximadamente US$75 por soldado.
  • Posteriormente, ya bajo la República, el llamado pago de haberes concedió un mínimo de aproximadamente US$360 oro a los soldados, mientras algunos generales recibieron más de US$10,000.

La segunda intervención: 1906-1909

  • La República había nacido en 1902 y apenas cuatro años después una crisis electoral y política desembocó en una nueva intervención.
  • Frente a la insurrección de 1906, el gobierno de Estrada Palma disponía de apenas unos 3,000 soldados y 600 guardias rurales repartidos por toda la isla.
  • La segunda intervención comenzó formalmente el 29 de septiembre de 1906.
  • Se extendió hasta 1909, cuando el gobierno fue nuevamente transferido a autoridades cubanas.
  • A diferencia de 1898, la segunda intervención no tuvo como antecedente una guerra contra una potencia colonial, sino una crisis interna de la propia República: acusaciones de fraude, violencia política, rebelión armada e incapacidad del gobierno y la oposición para alcanzar un acuerdo.
  • El gobierno de intervención conservó la Constitución de 1901 y creó en 1906 una Comisión Consultiva destinada a elaborar buena parte de la legislación complementaria que la Constitución necesitaba para funcionar.
  • Durante la administración de Charles Magoon aumentó el gasto público y se extendieron prácticas de clientelismo, caciquismo y “botella” (usufructo de salarios públicos sin aportar trabajo real por ellos), al tiempo que el país tuvo que afrontar el huracán de 1906 y la crisis económica internacional de 1907.

1898-2026: Dos fechas separadas por 128 años

  • En 1898, Cuba llegaba al final de tres años de guerra profundamente devastada.
  • En 2026, Cuba que acumula 67 años desde la revolución de 1959, con una crisis multisistémica, aunque se recalca que se trata de contextos históricos diferentes.
  • El punto de comparación no es que 1898 y 2026 sean idénticos, sino que ambos escenarios se identifican por el agotamiento del modelo existente, terquedad del poder en admitir su fracaso y abrirse a un cambio, debilidad de la capacidad de convocatoria de la oposición organizada bajo las condiciones de férrea represión y surgimiento, con la nueva administración en Washington, de la posibilidad de que EE. UU. decida (como en 1898) usar la fuerza para dar un vuelco definitivo a la situación.

Juan Antonio Blanco / Vicente Morín Aguado / Aries M. Cañellas Cabrera / Ernesto Miguel Cañellas Hernández / Boris González Arenas / Leonardo M. Fernández Otaño / Dimas Castellanos / Antonio Álvarez Pitaluga