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Un nuevo libro acerca de dos intervenciones americanas en Cuba revisa uno de los episodios más polémicos de la historia cubana y sostiene que las experiencias de reconstrucción, estabilización y transferencia del poder de hace más de un siglo ofrecen lecciones prácticas ante una eventual transición en la Isla
Septiembre 8, 2026— ¿Qué ocurre cuando un país atraviesa una crisis profunda, sus instituciones pierden capacidad para ofrecer soluciones y resulta necesario reconstruir simultáneamente la economía, los servicios públicos y la legitimidad política? La pregunta parece referirse a la Cuba actual. Sin embargo, también estuvo presente, bajo circunstancias históricas muy diferentes, al finalizar la Guerra de Independencia en 1898 y durante la crisis política que desembocó en la segunda intervención estadounidense de 1906.
Ese vínculo entre pasado y presente constituye uno de los principales aportes de Dos intervenciones americanas en Cuba, volumen publicado por Cuba Siglo 21, compilado y prologado por Juan Antonio Blanco, con ensayos de Vicente Morín Aguado, Aries M. Cañellas Cabrera, Ernesto Miguel Cañellas Hernández, Boris González Arenas, Leonardo M. Fernández Otaño, Dimas Castellanos y Antonio Álvarez Pitaluga.
El libro propone revisar uno de los capítulos más controvertidos de la historia nacional sin sustituir una interpretación dogmática por otra. No busca reivindicar acríticamente las dos intervenciones estadounidenses, negar sus intereses geopolíticos ni ignorar las limitaciones impuestas a la soberanía cubana. Propone algo diferente: volver a examinar los hechos fuera de la narrativa que durante décadas los presentó exclusivamente como antecedentes negativos y causa remota de la confrontación entre Cuba y Estados Unidos.
Pero la revisión no es solamente un ejercicio académico. Los acontecimientos de 1898-1902 y 1906 plantearon problemas que, bajo formas diferentes, podrían reaparecer ante una transformación profunda de la Cuba contemporánea: cómo y con cuál orden de prioridades se puede estabilizar un país después de un cambio de régimen sustantivo: reconstruir servicios e instituciones; evitar que un vacío de poder derive en violencia o fragmentación; organizar elecciones y un proceso constituyente; y garantizar que una autoridad provisional no convierta la transición en una nueva permanencia en el poder.
Revisar la historia para pensar el futuro
Juan Antonio Blanco sostiene que una transición política sería incompleta si no estuviera acompañada por una revisión crítica de las narrativas históricas utilizadas para legitimar el poder. Revisionismo no significa negacionismo, sino volver sobre los hechos, incorporar perspectivas relegadas y reconsiderar su significado. Su tesis tiene una consecuencia actual: una sociedad necesita libertad para interrogar su pasado si quiere imaginar libremente su futuro.
Vicente Morín Aguado cuestiona una premisa central de la historiografía oficial: que en 1898 la victoria cubana sobre España era prácticamente inevitable y que Estados Unidos solo intervino para arrebatar a los independentistas un triunfo ya conseguido. Su ensayo describe un escenario mucho más incierto: España mantenía ciudades, puertos y una importante superioridad material y numérica, mientras el Ejército Libertador, pese a su enorme relevancia, no había demostrado capacidad para provocar una rápida capitulación española.
Morín destaca además que la ocupación de 1899-1902 no fue únicamente un ejercicio militar. En un país devastado por la guerra se produjo una amplia reconstrucción sanitaria, educativa, administrativa y de infraestructura, junto con un proceso institucional que culminó en la creación de la República.
Aries M. Cañellas Cabrera y Ernesto Miguel Cañellas Hernández profundizan en la crítica a una visión predeterminada de aquella historia. Su idea central es sencilla pero decisiva: el desenlace de la guerra no estaba escrito de antemano. La sociedad cubana era políticamente heterogénea y en ella existían independentistas, autonomistas, anexionistas e integristas, mientras algunos relevantes independentistas buscaron activamente respaldo estadounidense.
La lección trasciende 1898: presentar los grandes acontecimientos históricos como inevitables borra las alternativas, incertidumbres y decisiones reales que enfrentaron sus protagonistas.
Reconstruir un país es más que cambiar un gobierno
Boris González Arenas examina la intervención y ocupación de 1898-1902 desde una perspectiva novedosa: la posibilidad de interpretar parte de aquella experiencia como una acción humanitaria exitosa. Su ensayo dirige la atención hacia el estado material de Cuba después de años de guerra, reconcentración, hambre y epidemias, y hacia la recuperación de capacidades básicas durante la administración estadounidense.
Su planteamiento conduce directamente a un problema contemporáneo: sustituir un gobierno no equivale a reconstruir un país. Electricidad, agua, hospitales, comunicaciones, escuelas, seguridad, tribunales y administración pública necesitan seguir funcionando mientras se construye un nuevo orden político.
La relación entre estabilización y democratización ocupa un lugar central en el análisis de Antonio Álvarez Pitaluga. La experiencia iniciada en 1899 muestra una secuencia concreta: recuperación de condiciones mínimas de gobernabilidad, reconstrucción institucional, censo, elecciones municipales, proceso constituyente y transferencia del poder.
De ahí surge una de las lecciones prácticas más importantes del libro: una transición necesita tiempo, pero ese tiempo no puede convertirse en un cheque en blanco. Las etapas deberían vincularse a objetivos previamente establecidos, verificables y auditables que permitan avanzar de forma gradual pero ininterrumpida hacia la normalidad democrática.
1906: cuando fallaron las reglas políticas
Leonardo M. Fernández Otaño estudia la segunda intervención estadounidense, surgida no de una guerra colonial sino del deterioro de las reglas políticas dentro de una República que apenas tenía cuatro años. Las denuncias de fraude electoral, el enfrentamiento entre gobierno y oposición, la rebelión liberal y la incapacidad de alcanzar un compromiso terminaron haciendo inviable una solución interna.
La enseñanza conserva vigencia: una Constitución no garantiza por sí sola la democracia si los actores políticos dejan de respetar las reglas y convierten al adversario en un enemigo al que debe expulsarse del sistema.
Dimas Castellanos lleva explícitamente la reflexión hasta la Cuba contemporánea. Su comparación entre 1898 y 2026 no presenta ambos momentos como equivalentes, pero identifica problemas que justifican mirar nuevamente aquella experiencia: deterioro económico, debilitamiento institucional y necesidad de prever mecanismos capaces de impedir que una ruptura política desemboque en caos.
Su premisa resume buena parte del espíritu del volumen: la historia no proporciona recetas, pero sí experiencias que permiten reconocer peligros, errores y posibilidades.
Finalmente, el análisis del tiempo como herramienta de control del poder por Antonio Álvarez Pitaluga introduce otra advertencia fundamental. El régimen cubano ha utilizado reiteradamente el argumento de que determinadas reformas deben posponerse porque el país todavía “no está preparado para ellas”. La experiencia de 1899 ofrece un contraste: el período de estabilización podía asociarse a hitos objetivos —como la realización del censo que abrió paso al proceso constituyente— y no simplemente a la voluntad de quienes ejercían provisionalmente el poder.
Una discusión histórica con consecuencias actuales
Dos intervenciones americanas en Cuba no propone reproducir los acontecimientos de 1898 o 1906 ni trasladar mecánicamente al siglo XXI soluciones concebidas hace más de cien años. Tampoco presenta la intervención extranjera como fórmula universal para resolver las crisis cubanas.
Su propuesta es estudiar qué funcionó, qué fracasó y qué puede aprenderse de aquellas experiencias: cómo reconstruir instituciones después de una crisis; cómo combinar estabilización y democratización; cómo establecer límites a las autoridades provisionales; cómo organizar un proceso constituyente legítimo; y cómo asegurar que la reconstrucción del Estado termine en la devolución plena de la soberanía a los ciudadanos.
Por eso, la discusión que abre este volumen rebasa una controversia entre historiadores.
Más de un siglo después, Cuba vuelve a enfrentar interrogantes fundamentales sobre la viabilidad de sus instituciones y las condiciones necesarias para construir un orden político diferente. En ese contexto, revisar 1898 y 1906 deja de ser solamente una discusión acerca del pasado. Puede convertirse en una herramienta para nutrir nuestro pensamiento sobre qué hacer el día después del fin del régimen actualmente vigente en Cuba.

Juan Antonio Blanco / Vicente Morín Aguado / Aries M. Cañellas Cabrera / Ernesto Miguel Cañellas Hernández / Boris González Arenas / Leonardo M. Fernández Otaño / Dimas Castellanos / Antonio Álvarez Pitaluga

