En 1898, luego de tres años de guerra contra la dominación española, Cuba quedó devastada. En 2026, después de sesenta y siete años de “revolución”, el país atraviesa una situación parecida.

La historia

En 1805, el presidente norteamericano Tomas Jefferson notificó a Inglaterra que en caso de guerra con España, Estados Unidos se apoderaría de Cuba por necesidades estratégicas. En 1823 se formuló la doctrina Monroe –“América para los americanos”–, que consideró a nuestra Isla de trascendental importancia para los intereses comerciales y geopolíticos de Estados Unidos, Estos adquirieron mayor importancia a fines de ese siglo, cuando la fusión del capital financiero y el capital industrial catapultaron a esa nación a la etapa monopolista del capitalismo hasta devenir potencia mundial.

Gracias a la concentración de la propiedad agraria y la introducción de maquinaria moderna, Cuba fue por entonces el primer país del mundo en producir un millón de toneladas de azúcar, de la cual exportaba más del 80% a Estados Unidos. Esa relación comercial permitió a la naciente potencia norteña imponerle a España el Tratado de Reciprocidad Comercial, conocido como el Bill Mc Kinley, que estableció la libre entrada de azúcar a Norteamérica. De esa forma, siendo colonia política de España, Cuba pasó a depender económicamente de Estados Unidos. En tal contexto de forcejeo geopolítico estalló la Guerra de Independencia en la Isla (1895): España empeñada en conservar sus colonias; Estados Unidos necesitado de mercados y fuentes de inversión.

En 1897, transcurrido el tercer  año de guerra entre Cuba y España, dos de los tres los principales líderes cubanos (José Martí y Antonio Maceo) habían muerto en combate. Las fuerzas insurgentes controlaban las zonas rurales, las españolas los pueblos y ciudades. El desenlace dependía de la resistencia y recursos de cada parte. Las tropas cubanas enfrentaban el agotamiento y las contradicciones internas;[1] las hispanas, desangrándose, se empeñaron en la tozuda decisión de resistir “hasta el último hombre y la última peseta”.

En un “equilibrio” de fuerzas entre independentistas y colonizadores, una tercera fuerza, el Partido Autonomista [2] aspiraba a implantar un gobierno autonómico en la Isla. En ese contexto, el 25 de marzo de 1897, Estados Unidos exigió a España un armisticio con los independentistas, pero no fue hasta el asesinato del jefe del gobierno español, Antonio Cánovas del Castillo, en agosto de ese año, que su sucesor, el liberal Práxedes Mateo Sagasta, ya demasiado tarde, otorgó  la autonomía a Cuba

El gobierno autonomista enfrentó los motines de los integristas españoles, opuestos a la autonomía, la amenaza de intervención norteamericana y la intransigencia independentista. A pesar de que España ordenó la suspensión de las hostilidades y comunicó la disposición de incrementar todo lo necesario para fortalecer la autonomía con un ejército colonial encabezado por los jefes insurrectos,[3] los autonomistas no pudieron implementar su programa de gobierno: el Parlamento se disolvió y el Gobierno dimitió en bloque.

Ante la explosión del acorazado Maine en la bahía habanera el 11 de abril de 1898, enviado a Cuba ante el rumbo que tomaban los acontecimientos, el Congreso estadounidense autorizó al presidente William Mc Kinley a intervenir en el conflicto.

Debido a la simpatía por la independencia de Cuba, en el debate parlamentario se presentó la enmienda del senador Henry M. Teller[4], la cual prohibía a Estados Unidos ejercer soberanía sobre el territorio cubano. Partiendo de esa base se aprobó la Resolución Conjunta de 20 de abril de 1898, según la cual: “El pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente […]. Estados Unidos no tenía deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre Cuba”. [5]

De ahí en adelante los acontecimientos se desencadenaron vertiginosamente: el 21 de abril McKinley ordenó el bloqueo naval de Cuba; el día 23 España respondió con una declaración formal de guerra y el 25 Estados Unidos emitió su propia declaración de guerra a España; el 19 de mayo arribó a Santiago de Cuba la escuadra española con cuatro cruceros y tres destructores; el 20 de junio desembarcó en la Isla el ejército norteamericano auxiliado por las fuerzas cubanas; el 3 de julio se libró la batalla naval en Santiago de Cuba el 19 de mayo arribó a Santiago de Cuba la escuadra española con cuatro cruceros y tres destructores; el 3 de julio se libró la batalla naval en Santiago de Cuba en la que España, en solo cinco horas sufrió 350 muertos, 160 heridos graves y 1 700 prisioneros, mientras Estados Unidos reportó 1 muerto y 3 heridos; el 14 de julio se formalizó la rendición; el 12 de agosto se firmó el Protocolo de Paz en Washington; el 10 de diciembre se firmó la paz en París, mediante la cual España cedió a Estados Unidos las islas de Cuba y Puerto Rico, Guam y el archipiélago de las Filipinas; el 1 de enero de 1899 la enseña norteamericana comenzó a ondear en El Castillo del Morro y en la Casa de Gobierno.

Como consecuencia de los años de guerra, la zafra azucarera, que en 1894 había alcanzado 1 111 000 toneladas, se redujo a 259 000; 121 fabricas de azúcar y el 85,83% de las fincas, vegas de tabaco y sitios de labor, fueron devastados, mientras la pérdida de la población se acercó al 20%.[6]

Entre 1898 y 1899 hubo 27 821 muertos por enfermedades contagiosas. De ellos 2 794 por tuberculosis, 1 097 por malaria, 1 012 por fiebre tifoidea y 136 por Fiebre Amarilla.[7]  El número de maestros y de escuelas se redujeron. El Censo de población de 1900 arrojó que el 64% de los habitantes no sabían leer y un 2% leía pero no sabía escribir, mientras el 57% mayor de 10 años eran analfabetos.[8]

Además de repartir alimentos en las ciudades, las fuerzas de ocupación dictaron otras medidas. En Matanzas, por ejemplo, el General Wilson entregó a cada familia campesina “una yunta de bueyes, un arado, 12 gallinas, 1 gallo y varios elementos más para el cultivo de un predio capaz de sustentar a la familia”.[9]

En la enseñanza se crearon diversos establecimientos, como la Institución Libre de Enseñanza para la formación pedagógica y las Escuelas Normales de Verano. Mediante exámenes anuales se elevó la formación de los maestros, y se enviaron cubanos a formarse como pedagogos en la Universidad de Harvard.[10]

Como parte de la institucionalización del país, el Gobierno de ocupación, mediante la orden 301, de julio de 1900, convocó elecciones generales para conformar una Convención Constituyente. En su reunión inaugural, el 5 de noviembre, el general Leonardo  Wood indicó a los delegados electos: “Será vuestro deber, en primer término, redactar y adoptar una constitución para Cuba y, una vez terminada ésta, formular cuáles deben ser, a vuestro juicio, las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos”[11]

Una vez conformada la Constitución, los ocupantes exigieron incorporarle como apéndice, la Enmienda Platt[12], en detrimento de la soberanía del naciente Estado. La Comisión encargada de elaborar la Carta Magna recibió las condiciones del gobierno norteamericano,  y el 26 de febrero de 1901 presentó a la Convención el proyecto de respuesta, según el cual algunas estipulaciones eran inaceptables, porque vulneraban “la independencia y soberanía de Cuba”, que el deber de los constituyentes era “hacer a Cuba independiente de toda otra nación, incluso de la grande y noble nación americana”, y si admitían que Estados Unidos se reservara “el derecho de intervenir en nuestro país, para mantener o derrocar situaciones, y para cumplir deberes que sólo a gobiernos cubanos competen, si le concediésemos la facultad de conservar terrenos para estaciones navales, es claro que podríamos parecer independientes del resto del mundo, aunque no lo fuéramos en realidad”.[13] Ese documento fue comunicado al general Wood.

En respuesta a las propuestas cubanas, el 8 de junio de 1901 la Convención recibió un informe firmado por el Secretario de la Guerra, declarando, que: siendo un estatuto acordado por el Poder Legislativo, el presidente de los Estados Unidos está obligado a ejecutarlo y ejecutarlo tal como es”. Y agregaba como condición para cesar la ocupación militar que: “No puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”[14]

Los representantes cubanos, después de tres meses de peliagudos debates y de las gestiones de una Comisión que viajó a Washington para conocer los propósitos del Gobierno norteamericano y discutir la respuesta cubana, se enfrentaron a la alternativa de la firma o la guerra. Optaron por la firma. El 12 de junio de 1901, tras una acalorada sesión, la Convención acordó incorporar la Enmienda Platt como apéndice de la Constitución, por 16 votos contra 11.

El delegado José Nicolás Ferrer, uno de los que antes votó en contra, enfatizó: “Entiendo que ya se ha resistido bastante y que no puede resistirse más. Consideré útil, provechosa y necesaria la oposición a la Ley Platt en tanto que hubo esperanza de que ésta se modificara o retirara por el Congreso americano […]. Hoy considero dicha oposición inútil, peligrosa e infecunda […].  Por esto y porque es el único medio para establecer el Gobierno de la República”.[15]

Votar contra la Enmienda implicaba la ocupación indefinida de la Isla, la imposibilidad de crear la República y el peligro latente de anexión. Implicaba, además, declarar la guerra a Estados Unidos en una situación de inferioridad absoluta: el ejército libertador desmovilizado, el Partido Revolucionario Cubano disuelto, el agotamiento ocasionado por los treinta años de guerras independentistas (la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita, y la Guerra de Independencia). En esas condiciones optar por la intransigencia (la guerra), era un suicidio. Aunque la historiografía oficial lo niegue, la aceptación de la Enmienda fue una decisión política acertada. Gracias a ello, Cuba emergió como República reconocida por el concierto de naciones, con Constitución y Gobierno propios, algo que Guam, Puerto Rico y Filipinas no lograron. El 20 de mayo de 1902 nació la República; no la deseada, pero sí la posible. Dotada de bandera, himno y escudo, de fuerzas militares y  representaciones diplomáticas.

En 1925 Cosme de la Torriente[16] logró que los senadores norteamericanos aprobaran el Tratado Hay-Quesada, mediante el cual se recuperó la soberanía sobre Isla de Pinos. Y en su condición de Secretario de Estado durante el gobierno provisional de Carlos Mendieta, redactó el Proyecto Inicial del Tratado de Relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, y desde La Habana dirigió las negociaciones, que llevadas por el embajador Manuel Márquez Sterling en Washington, culminaron el 24 de agosto de 1934 con la firma del nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial entre Cuba y los Estados Unidos. Después de 33 años la Enmienda Platt quedó para el análisis de la historia.

Paralelismos 1898 -2026

1) La Guerra de Independencia de 1895 se desarrolló en un escenario geopolítico de lucha entre las potencias de la época: España, empeñada en conservar sus colonias, y Estados Unidos, necesitado de mercados y fuentes de inversión. La crisis en 2026 se desarrolla igualmente, en medio de una lucha geopolítica entre Estados Unidos, Rusia y China, en la cual la Administración de Donald Trump reactivó la Doctrina Monroe: “América para los americanos”.

2) En 1897 España se negó hasta la última hora cuando ya fue demasiado tarde, a introducir reformas (la autonomía). En la Cuba de 2026, después de 67 años de gestiones fallidas, el régimen se resiste a introducir reformas estructurales.

3) En 1898 Estados Unidos intervino en la guerra cubano-española y ocupó a Cuba. En 2026, por la relación íntima entre los regímenes de Cuba y Venezuela, la captura de Nicolás Maduro (una intervención de nuevo tipo) ha agravado la crisis cubana y el  colapso del régimen, al cortarle las vías de suministro de combustible.

4) Como consecuencia de la guerra, entre 1895 y 1898 la economía cubana quedó destruida en un 90%; el país sumido en la insalubridad y la educción en estado deplorable. Actualmente, sesenta y siete años después de imponerse el régimen totalitario, devenido mafioso, la economía está destruida y la población un daño antropológico inducido, de consecuencias incalculables para la nación cubana.

5) En 1901, la imposición de la Enmienda Platt, violatoria de la batallada soberanía cubana, fue seguida de un progreso gradual que en la década de 1950 situó a Cuba entre los países de mayor desarrollo en América Latina. En 2026, con un pueblo desarmado de las instituciones cívicas y políticas para participar en la reconstrucción como  ciudadanos, parece repetirse la presencia norteamericana como agente de cambio en un  proceso donde la sociedad civil pude emerger nuevamente y ocupar el lugar que le corresponde en los destinos de su nación.

Las lecciones

La guerra, como enunció  Von Clausewitz[17], es la continuación de la política por medios violentos, mientras la política es el arte de lo posible sin violencia. En 1925 Cuba, sin un solo tiro, recuperó la soberanía sobre Isla de Pinos y logró la abrogación de la Enmienda Platt. Queda pendiente solo la Base Naval de Guantánamo.

El retroceso del país a una situación similar a la que existió en 1898, demuestra la imposibilidad del bienestar y el progreso social en ausencia de libertades y derechos. El daño antropológico sufrido indica que los pueblos no pueden depositar sus esperanzas y sueños en mecías, que no pueden dejarse adoctrinar hasta la perdida de la individualidad sobre la que prevalezca ningún Estado. Todo ello nos lleva a reflexionar sobre nuestras responsabilidades individuales y errores, para evitar que, con el cambio que ya es inexorable, repitamos los mismos patrones. Hoy nos corresponde enarbolar ante el mundo el modelo totalitario cubano como ejemplo de lo que debe ser en ningún lugar del planeta.

NOTAS

[1] La mejor prueba del estancamiento, por la parte cubana, es que Máximo Gómez, el Generalísimo, invocando a la Doctrina Monroe, solicitó a Grover Cleveland, entonces presidente de Estados Unidos, considerar la posibilidad de la intervención norteamericana en Cuba. (Documento archivado en el  Congreso norteamericano.)

[2] Corriente reformista  cubana (1790 hasta 1867), resurgida en 1878 con la fundación del Partido Liberal.

[3] Elier Ramírez Cañedo y Carlos Joane Rosario Grasso. El autonomismo en las horas cruciales de la nación cubana. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2008, p. 133.

[4] Henry Moore Teller (1830-1914). Abogado y político norteamericano.

[5] Hortensia Pichardo. Documentos para la historia de Cuba. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales. 1971, p. 510.

[6] Instituto de Historia de Cuba. Historia de Cuba, las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales 1868-1898. La Habana, Editora política, 1996, p. 524.

[7] Pedro Pablo Arencibia Cardoso. Una primera aproximación a la República (1902-1958). Revista Vitral No. 9 de 2002, p.9.

[8] Ibídem, pp.6-8.

[9] Salvador Larrúa Guedes. Cinco siglos de evangelización franciscana en Cuba. Puerto Rico, Custodia Franciscana del Caribe, 2004, t. II 1887-1998, p. 48.

[10] Yoel Cordoví. Magisterio y nacionalismo en las escuelas públicas (1899-1920). La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2012.

[11] Emilio Roig de Leuchsenring. Historia de la Enmienda Platt. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973, pp. 52-53.

[12] La Enmienda Platt anexada como apéndice a l Constitución de 1901, fue el proyecto de ley (H.R. 1407), presentada por el senador por Connecticut, Orville, H. Platt, que concedía créditos para mantener el ejército norteamericano durante el año fiscal que debía terminar el 30 de junio de 1902.

[13] Emilio Roig de Leuchsenring. Historia de la Enmienda Platt. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973, pp. 66-67.

[14] Ibídem, p. 160.

[15] Ibídem, p.163.

[16] Cosme de la Torriente y Peraza (1872-1956). Licenciado en Filosofía y Letras, y en Derecho, Coronel del Ejército Libertador, Delegado a la Asamblea Constituyente de la Yaya, Magistrado y Senador, Encargado de Negocios y Embajador de Cuba en Madrid, primer Embajador de Cuba en Washington, Representante de Cuba en la Liga de las Naciones y presidente de la Sociedad de Amigos de la República.

[17] Carl Von Clausewitz (1780-1831). Militar prusiano, teórico de la ciencia militar, conocido por su tratado De la Guerra.