Las dictaduras de Nicaragua, Cuba y Venezuela tienen un plan geopolítico con la emigración organizada como un negocio de tráfico humano.

La acusación de que las sanciones estadounidenses contra Cuba y Venezuela son la causa de la actual ola migratoria hacia EEUU no se compadece con las estadísticas. Tres países que no están sancionados y reciben cuantiosas ayudas, inversión y comercio de EEUU son los principales emisores de emigrados desde 2020 hasta hoy: México (2.323.278), Honduras (690.888) y Guatemala (683.031). Por su parte, Cuba y Venezuela contribuyeron respectivamente el 5,81% y 5,57% del total de migrantes en ese periodo.

La realidad es otra. Cuba y Venezuela no solo sufre elites corruptas, sino un sistema de gobernanza que condena a sus habitantes a una creciente espiral de miseria y penurias, pero además bloquea las vías democráticas para para algún día superar esa situación (libertades políticas y civiles). En otras palabras: esta prohibido soñar.

De los cientos de miles de cubanos que salieron a protestar el 11 de julio de 2021 ninguno —ni uno solo en las 15 provincias de Cuba— portaba un cartel contra las sanciones de EEUU. Lo que exigían a gritos, como muestran numerosos videos, era “Libertad”; o sea, ser liberados del bloqueo interno al ejercicio de sus derechos y libertades por el régimen totalitario de gobernanza vigente. Poder ejercer el derecho y tener la libertad de buscar la felicidad en su país.

La nueva ola de migrantes desde Cuba y otros países latinoamericanos hacia EEUU tiene otras causas. Está organizada como un negocio de tráfico humano por las dictaduras de Nicaragua, Cuba e incluso Venezuela. Con ella se procura alcanzar objetivos económicos y políticos propios, y al mismo tiempo servir a los objetivos militares del Eje Rusia-Irán-China en la actual coyuntura de guerras paralelas en Ucrania e Israel. Es, por lo tanto, una estrategia deliberada y multipropósito que transforma la migración en arma política y económica de las relaciones internacionales de esos países.

Esa ha sido la conclusión a la que ha arribado el laboratorio de ideas Cuba Siglo 21 después de haber analizado la información disponible, a fin de discernir el significado real de este último desplazamiento masivo hacia la frontera sur de EEUU.

Daniel Ortega juega esta vez al centro del equipo de desestabilización del hemisferio occidental. Hay 13 vuelos diarios desde Cuba a Nicaragua, más que todos los vuelos que aterrizan cada día en la Isla desde todas partes del mundo. A ellos se han agregado ahora los procedentes de Haití, país al que Daniel Ortega también ha retirado la exigencia de visa para llegar hasta Nicaragua. En solo tres días llegaron desde Port-au-Prince 36 vuelos a Managua con un promedio de 150 pasajeros cada uno.

Al cobrar pasajes aéreos caros, impuestos locales en Nicaragua y coordinar transporte terrestre y coyotes con sus amigos de los carteles mexicanos, las dos dictaduras logran de inmediato ingresar gigantescos recursos financieros con ese tráfico humano masivo. Adicionalmente, los tres regímenes (Nicaragua, Cuba y Venezuela) disminuyen sus gastos sociales internos al traspasar esa carga fiscal a EEUU como país de acogida final. También aprovechan para disminuir el número de opositores y ciudadanos críticos de sus respectivos gobiernos. Pero no menos importante para ellos: fabrican artificialmente presiones políticas en Washington para el levantamiento de sanciones con el argumento de que son el motor de la ola migratoria.

La ola migratoria en el nuevo contexto de conflicto global

Esas serían las motivaciones discernibles si se analizaran por separado los intereses de cada uno de esos regímenes. Sin embargo, hay otro objetivo adicional que es posible identificar desde una perspectiva geopolítica: prestar un servicio al eje Moscú-Teherán-Beijing, al crearle un foco adicional de tensión a EEUU en América Latina.

 

No es un secreto. Lo han declarado públicamente en varias ocasiones. La mafia rusa, la teocracia iraní y los comunistas chinos ahora comparten una estrategia global concertada de desestabilización del orden mundial. Con ese fin procuran exacerbar múltiples focos de tensión en Europa, Medio Oriente, África y América Latina. Esta ola migratoria forma parte de ese proyecto, y para ello cuentan con la cooperación que les brindan estas tres dictaduras latinoamericanas.

Putin padece de un guevarismo tardío. Impulsa la creación de “dos, tres, muchas Ucrania”. La premisa es distraer y agotar las reservas militares, económicas y políticas de Occidente en múltiples frentes simultáneos. 

El autócrata ruso ha unido a su plan de subversión global, las aspiraciones geopolíticas regionales de la teocracia iraní y sus aliados no estatales (Hamás y Hezbollah).  Ha reorientado los intereses económicos de la brigada mercenaria Wagner, alejándola geográficamente del Kremlin para centrarla en apoyar golpes de Estado contra gobiernos prooccidentales en África. Saca provecho de la necesidad del Partido Comunista Chino de distraer la atención de la delicada situación económica interna, promoviendo tensiones en Asia y la megalomanía del líder de Corea del Norte de ser reconocido como un nuevo actor internacional y nuclear influyente.

Pero no por ello el Kremlin ha descuidado la creación de tensiones en América Latina.

¿Qué pueden aportar sus aliados en esta región al Eje del Mal del siglo XXI? Su posición geográfica en el hemisferio occidental y sus relaciones con el crimen transnacional organizado. A lo cual se añade que una de las llaves de la migración terrestre a la frontera sur estadounidense la tiene Nicaragua.  Ortega ha abierto la válvula para el paso de miles de migrantes, no solo de Cuba, Haití y Venezuela, sino también de países de Europa del Este, África y Asia. A raíz de esta situación no deja de ser significativo que haya viajado a Moscú, China y La Habana el jefe del Ejército de Nicaragua, Julio César Avilés Castillo.

Por su parte, el Eje del Mal, dentro de esa marea humana promovida por sus aliados latinoamericanos, encuentra una vía expedita para infiltrar y sembrar células terroristas —incluso con pasaportes venezolanos legítimos aportados por el régimen de Maduro— que les permitan iniciar una ofensiva terrorista, cuando lo estimen pertinente, dentro de EEUU. Por cierto, esta vez no serán los terroristas convencionales de Bin Laden especializados en explosivos C-4, sino los psicópatas aliados de Teherán expertos en degollar judíos y cristianos “infieles” en cualquier calle, escuela o iglesia.

El potencial de esta ola migratoria responde en primerísimo lugar al fracaso de los regímenes de gobernanza en esas tres dictaduras que destruyeron el tejido productivo nacional de sus respectivos países. Si bien la oligarquía cubana retiene por ahora el poder político y militar, el régimen económico y social ya colapsó. No tiene capacidad de reproducirse ni ampliarse anualmente. Se sostiene vampirizando recursos ajenos que no paga después. Ningún levantamiento de sanciones ni ayuda humanitaria resolvería ese problema.

El problema de los “buenistas” no son sus loables intenciones, sino que no acaban de metabolizar el hecho de que estos actores internacionales no responden a la lógica occidental, sino a otra diferente: su lenguaje es el de la fuerza. Por eso el éxodo que de nuevo se iniciaba en la primavera de 2003 se detuvo abruptamente cuando Washington hizo saber de forma discreta pero firme a La Habana que, teniendo que enfrentar dos conflictos bélicos internacionales, lo consideraría un acto de guerra deliberado para distraer sus fuerzas. Fidel Castro reculó de inmediato y fusiló a tres infelices migrantes para dejar claro que se haría cargo de proteger la frontera sur de EEUU de cualquier emigración ilegal cubana.

“No harás daño tratando de hacer el bien”

La premisa de toda la ayuda humanitaria internacional es “no ocasionar daño al proveerla” (do no harm). Los que por “buenismo” —aunque sea azuzados por agentes de influencia de La Habana—predican esas falsas soluciones lo hacen por ignorancia y con ello solo benefician a la oligarquía cubana, que lejos de hacer aperturas al recibir esos recursos recrudecerá su represión y centralización. Al margen de sus intenciones, provocarán más daño que el que ya hoy sufre el cubano de a pie. Lo mismo sucedería en Venezuela.

¿Qué hizo la oligarquía militar cubana con los recursos captados con el deshielo promovido por el presidente Obama? Adquirió vehículos policiales y equipos antimotines, pero no ambulancias ni balones de oxígeno, en medio de la pandemia. Dedicó miles de millones de dólares a construir nuevos hoteles de lujo que permanecían vacíos y se entregaban al holding de la oligarquía militar (GAESA) mientras una ínfima fracción del presupuesto nacional se dedicaba a salud y producción de alimentos. Repetir ahora ese fallido experimento sería, además, profundamente inmoral con más de 1.000 presos políticos languideciendo en mazmorras desde las protestas del 11 de julio de 2021.

Sin libertad no hay Plan Marshall que valga

Como se detalla en el bien documentado ensayo de Benn Steil y Benjamin Della Rocca Stil publicado en 2018 por el Council of Foreign Relations ( “It takes more than money to make a Marshall Plan”) Estados Unidos traspasó 13.200 millones de dólares a los beneficiarios europeos del Plan entre 1948 y 1952. Entre 1961 y 1979 Cuba, un país que en esos años contaba entre seis y diez millones de habitantes, con significativo capital humano propio y que no había sufrido una devastadora guerra como la europea, recibió de la URSS 80.000 millones de dólares, según datos de los archivos moscovitas.

Cuba —que en 1959 heredó la tercera economía regional y luego recibió el equivalente de varios planes Marshall— se ha hundido, no por las sanciones, huracanes, sequías, ni maldición divina, sino por el sistema totalitario impuesto por sus gobernantes. Solo un cambio del régimen de gobernanza lograría sacarla del precipicio. No se trata solo de “errores” resultado de la torpeza administrativa de sus funcionarios que quieren culpabilizar al embargo del presente desastre.

En 2020 los campesinos independientes cubanos alertaron que el país se acercaba a una grave crisis de alimentos y propusieron cinco libertades básicas para evitarlo. No se molestaron en pedir que sustituyese a los burócratas a cargo de ese sector porque comprendían mejor que nadie que se trataba de un problema esencialmente estructural que asfixiaba a los productores. Los ningunearon y acosaron. El Gobierno, en lugar de acceder a las cinco libertades solicitadas, proclamó 65 medidas burocráticas, ninguna de las cuales funcionó.

Mientras la economía cubana esté regida por el actual sistema de gobernanza no podrá recuperarse, aunque fuese administrada por un comité de Premios Nobel de Economía. El problema no está en cuantos diplomas universitarios tienen los burócratas cubanos —cuya pericia deja también mucho que desear—, sino en factores estructurales como es el hecho de que Cuba ocupa el penúltimo lugar mundial en libertad económica (175) según la encuesta anual de Heritage Foundation. Solo es superada por Corea del Norte (176) en ese dudoso logro.

¿No se ha aprendido la lección con Hamás en Gaza?

Facilitar ahora recursos estadounidenses —sea levantando las sanciones a su holding militar (GAESA) o como ayuda bilateral de USAID— a los opresores cubanos y venezolanos no tendrá más efecto que el que tuvo la ayuda humanitaria enviada a Gaza por medio de Hamás en la última década: mantener a la población en la miseria y reforzar la capacidad operacional de regímenes que fomentan la represión interna y políticas exteriores agresivas.

En el caso cubano, continuar otorgando recursos en la actual coyuntura geopolítica en la que ese Gobierno ha optado por aliarse a los peores actores internacionales equivale a un inexplicable e inexcusable sabotaje de la causa de Occidente en esta contienda.

La prosperidad de la sociedad cubana será restaurada cuando la libertad económica, avalada por derechos políticos y civiles, sea restablecida y todos sus ciudadanos —sea cual sea su lugar de residencia— puedan participar de manera, plena y efectiva, en el acontecer económico y político de la nación. Sera entonces que Cuba recupere su condición de receptor —no de emisor neto— de migrantes económicos que tenía antes de 1959.

Lograr esa aspiración presupone cambiar el régimen de gobernanza existente, no inyectarle nuevos recursos como procura el régimen cubano con el coro de voces de los presidentes de México, Honduras, Colombia, Brasil y Chile repitiendo el viejo mantra del bloqueo imperialista.

El éxodo cubano tiene causas internas, no externas. El bloqueo que lo impulsa es el que impone a las fuerzas productivas nacionales la falta de libertades económicas, civiles y políticas.


Publicado en Diario de Cuba