Durante los últimos meses, pocos discutirían cuál es el problema económico más grave que enfrenta Cuba. Basta recorrer cualquier ciudad del país para encontrar la respuesta: los apagones. La incapacidad de generar electricidad se ha convertido en el símbolo más visible del colapso nacional. Sin energía no funcionan las fábricas, se interrumpe el bombeo de agua, se pierde la cadena de frío de alimentos y medicamentos, se paralizan hospitales, escuelas y centros de trabajo, y miles de pequeños negocios ven desaparecer, junto con la corriente, la posibilidad de sobrevivir.
La electricidad no es un sector más de la economía. Es la infraestructura que sostiene prácticamente toda la actividad productiva de una nación. Cuando falla de manera sistemática, el resto de la economía termina por detenerse. Por ello, resulta lógico pensar que reconstruir el sistema electroenergético debería ser la máxima prioridad para cualquier estrategia de recuperación nacional.
Sin embargo, ese diagnóstico, aunque correcto, es incompleto.
Un sistema prácticamente destruido
La crisis energética cubana no se resolverá reparando algunas termoeléctricas averiadas ni incorporando un puñado de nuevos generadores. Décadas de falta de mantenimiento, inversiones insuficientes y decisiones económicas equivocadas han deteriorado prácticamente todos los componentes del sistema.
Será necesario modernizar plantas generadoras, sustituir equipos obsoletos, reconstruir redes de transmisión, renovar subestaciones, incorporar tecnologías más eficientes y diversificar la matriz energética. Todo ello requerirá enormes cantidades de capital, tecnología especializada y varios años de trabajo continuo.
Diversos especialistas coinciden en que la recuperación integral del sistema eléctrico demandará inversiones de varios miles de millones de dólares, incluso bajo un escenario político estable.
Y aquí aparece la primera gran pregunta.
¿De dónde saldrán esos recursos?
El Estado cubano carece de capacidad financiera para asumir semejante esfuerzo. Sus reservas son extremadamente limitadas, el acceso al crédito internacional prácticamente ha desaparecido y la deuda externa acumulada limita aún más cualquier posibilidad de financiamiento.
En consecuencia, la única fuente realista de recursos tendría que provenir de la inversión privada, nacional y extranjera.
Hasta aquí, el problema parece estrictamente financiero. Pero no lo es.
El mundo no está corto de dinero
Con frecuencia se escucha que Cuba necesita inversionistas. La frase es cierta, pero suele ocultar un hecho fundamental: el mundo dispone de enormes cantidades de capital buscando oportunidades rentables.
Fondos de inversión, bancos de desarrollo, compañías eléctricas, empresas de infraestructura, fondos soberanos y corporaciones multinacionales invierten cada año cientos de miles de millones de dólares en proyectos energéticos alrededor del planeta.
Países que hace apenas dos o tres décadas enfrentaban enormes déficits de infraestructura lograron atraer inversiones masivas para modernizar carreteras, puertos, aeropuertos, telecomunicaciones y sistemas eléctricos.
El dinero existe. Lo que escasean son los lugares donde ese dinero pueda invertirse con seguridad. Y precisamente ahí comienza el verdadero problema cubano.
Lo primero que busca un inversionista no es rentabilidad
Existe una idea muy extendida según la cual los inversionistas solo buscan altas ganancias. En realidad, su primera preocupación suele ser otra.
La pregunta inicial nunca es cuánto pueden ganar. La pregunta es cuánto pueden perder por causas ajenas al negocio.
Antes de invertir miles de millones de dólares, cualquier empresa analiza aspectos mucho más básicos.
- ¿Quién garantiza la propiedad de los activos?
- ¿Existe independencia judicial?
- ¿Se respetarán los contratos firmados?
- ¿Pueden cambiarse arbitrariamente las reglas del juego?
- ¿Será posible repatriar utilidades?
- ¿Existe un sistema confiable para resolver disputas?
- ¿Quién responde si el Estado incumple sus compromisos?
En otras palabras, antes de evaluar una oportunidad económica, los inversionistas evalúan la calidad de las instituciones, la garantía de sus inversions.
Y ahí Cuba enfrenta su mayor debilidad.
La verdadera infraestructura que necesita un país
Normalmente pensamos en la infraestructura como carreteras, puentes, puertos o centrales eléctricas.
Pero existe otra infraestructura, mucho más importante y completamente invisible.
- La confianza.
- Los derechos de propiedad.
- La seguridad jurídica.
- La independencia de los tribunales.
- La estabilidad de las reglas económicas.
- La transparencia institucional.
Esa es la infraestructura sobre la cual se construyen todas las demás.
Ninguna empresa invierte miles de millones de dólares únicamente porque exista una necesidad evidente. Invierte cuando tiene la certeza razonable de que podrá recuperar su inversión durante las próximas dos o tres décadas.
Cuando esa certeza desaparece, el capital simplemente busca otro destino. Y el mundo ofrece muchas alternativas.
El costo de la incertidumbre
La experiencia internacional demuestra que el capital acepta riesgos comerciales. Acepta competir. Acepta cambios tecnológicos. Acepta fluctuaciones de precios. Acepta incluso crisis económicas. Lo que rara vez acepta es la incertidumbre institucional.
Cuando un país no ofrece reglas claras, ni protección efectiva de la propiedad, ni mecanismos confiables para resolver conflictos, el riesgo deja de ser empresarial para convertirse en político.
Y ese tipo de riesgo resulta extremadamente difícil de financiar.
Por eso muchos países con menos recursos naturales que Cuba han logrado atraer inversiones muy superiores. No porque tengan mejores playas, mejores puertos o mayores reservas minerales. Sino porque ofrecen algo mucho más valioso: confianza.
La paradoja cubana
Imaginemos por un momento que mañana apareciera un consorcio internacional dispuesto a invertir diez o quince mil millones de dólares para reconstruir completamente el sistema eléctrico cubano.
Las preguntas ya no serían técnicas. Sería institucionales:
- ¿Quién administraría esas inversiones?
- ¿Quién garantizaría los contratos durante veinte o treinta años?
- ¿Qué ocurriría si las reglas cambian?
- ¿Quién protegería jurídicamente al inversionista?
Mientras esas preguntas no tengan respuestas claras, el dinero no llegará. No porque Cuba carezca de oportunidades. Sino porque carece del entorno institucional necesario para aprovecharlas.
La libertad económica no es un lujo
Con frecuencia se presenta la libertad económica como un objetivo político o ideológico. En realidad, constituye un requisito práctico para el desarrollo.
Ningún país logra atraer inversiones sostenidas si los empresarios no pueden disponer libremente de sus activos, contratar, producir, importar, exportar, fijar precios o competir bajo reglas estables.
La inversión no florece donde predominan las autorizaciones discrecionales, la incertidumbre regulatoria o la ausencia de protección efectiva de los derechos de propiedad.
La confianza no puede decretarse. Debe construirse mediante instituciones creíbles y garantías legales
Lo que realmente mantiene a Cuba en la oscuridad
Es cierto que hoy el sistema eléctrico representa una de las mayores tragedias económicas del país. También es cierto que reconstruirlo exigirá enormes inversiones y muchos años de trabajo. Pero, paradójicamente, ese no es el problema más profundo.
Porque incluso si mañana aparecieran los recursos financieros necesarios, seguirían existiendo obstáculos mucho mayores:
- La ausencia de libertad económica.
- La falta de seguridad jurídica.
- La inexistencia de garantías suficientes para quienes arriesgan su capital.
Ese es el verdadero cuello de botella del desarrollo cubano.
Los apagones no son únicamente consecuencia de centrales averiadas. Son también el reflejo visible de instituciones incapaces de generar la confianza que hace posible la inversión.
La oscuridad que hoy envuelve a Cuba comenzó mucho antes de que dejaran de funcionar las termoeléctricas. Comenzó desde que desaparecieron las condiciones que permiten a las personas crear riqueza con libertad, conservar el fruto de su esfuerzo y confiar en que las reglas del juego serán respetadas.
Reconstruir las plantas eléctricas será indispensable. Pero reconstruir la confianza será todavía más importante porque ningún país puede iluminar sus ciudades si antes no logra iluminar sus instituciones.
Los países no atraen inversiones porque necesiten capital. Las atraen porque inspiran confianza. Y mientras Cuba no reconstruya esa confianza, el mayor apagón del país seguirá ocurriendo donde menos se ve: en sus instituciones.

