“Los niños son la esperanza del mundo”, afirmó nuestro Apóstol José Martí. Y con toda razón. Los niños del presente son los adultos del mañana, o sea, quienes conformarán y dirigirán el entramado social del futuro. Dicho de otro modo: quienes llevarán la voz cantante –lo queramos o no– cuando los jóvenes de hoy seamos mayores. Así pues, según la manera en que los adultos del presente seamos capaces de moldear el carácter de nuestros infantes desde la cuna, así será nuestra próxima sociedad, y la siguiente. O lo que es lo mismo: en la medida en que sepamos encauzarlos e inculcarles profundos principios éticos, así de sana –o disfuncional– será la nación cubana en años venideros.

Muy consciente de ese hecho, Fidel Castro se dedicó en cuanto le fue posible a atacar nuestra sociedad desde sus cimientos, a contaminar el material humano con que debía construirse la Cuba del futuro, esto es, a destruir permanentemente la capacidad de las generaciones más nuevas de asimilar educación y valores morales durante su formación y crecimiento. Y para lograrlo se valió de varias estrategias que no por inverosímiles dejaron de ser efectivas.

En primer lugar nacionalizó (es decir, estatizó) los centros de estudio y disolvió la autonomía universitaria, con lo cual quedaron en su poder todos los niveles de enseñanza. Inmediatamente ejecutó una purga contra los maestros y profesores de más sólidos valores cívicos y prodemocráticos, a los que descartó deshonrosamente bajo el ominoso peyorativo de “no idóneos”. A continuación, los profesionales despedidos fueron precariamente sustituidos por bandadas de bisoños aprendices de maestros con más ganas que preparación (sí, cuando aquello todavía tenían ganas). Con todo, aquellos novatos se fueron curtiendo sobre la marcha, pero solo para ser sustituidos una y otra y otra vez tras los cíclicos despidos y renuncias masivos que han marcado la historia del sector bajo la sombra del castrismo. Y cada nueva promoción, de nada sirve callarlo, más inculta y peor preparada.

De manera que en Cuba la enseñanza primaria y secundaria son obligatorias, sin embargo, los únicos centros escolares autorizados para impartirla son estatales. Ello se traduce en que a despecho de lo garantizado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, los padres cubanos no podemos escoger qué tipo de educación recibirán nuestros hijos ni qué valores se les inculcarán, al menos en la escuela. Por el contrario, en Cuba quienes intenten ejercer ese derecho pueden verse –como se han visto– en prisión. Algo que aprendieron a la mala Ayda Expósito y Ramón Rigal, el matrimonio de pastores evangélicos que en abril de 2019 fueron condenados a año y medio y dos años de prisión, respectivamente, por enseñar a sus hijos en casa.

Y conste que no se trata de si el programa de estudios es más o menos enjundioso en este o aquel colegio. De hecho, por si alguien se lo pregunta, el programa de estudios que actualmente se aplica en la isla dista mucho de ser enjundioso. Más bien podría calificarse de magro, amén de cuasi inútil en cuanto a instrucción, pues a través de los años ha sido sistemáticamente despojado de sus contenidos académicos en favor de tergiversaciones históricas cuidadosamente elaboradas. Y es que hablamos de algo mucho más grave: en las escuelas cubanas se adoctrina en vez de educar.

Como resultado, en lugar de ciudadanos decentes y respetuosos de las buenas costumbres nuestros niños se van volviendo unos majaderos y respondones que al crecer serán, en muchos casos, bravucones y sinvergüenzas. Un elemento clave en esa deformación moral ha sido sin dudas la participación obligatoria de infantes y adolescentes en mítines políticos y actos de repudio, contra lo cual los padres poco o nada pueden hacer a menos que estén dispuestos a “señalarse”.

Es importante subrayar que además de destruir el sistema de enseñanza, el caudillo verde olivo se dedicó a socavar la influencia de ese otro crisol de personalidades que es la familia. Para ello implantó las inolvidables campañas de la escuela al campo: cada año, desde el séptimo al duodécimo grado, adolescentes de ambos sexos en franca efervescencia hormonal eran separados de sus padres y obligados a convivir y realizar trabajo agrícola no remunerado durante cuarenta y cinco días, so pena de no poder continuar estudios superiores si se negaban.

Valga acotar que en la pérdida de valores que actualmente y desde hace años sufre nuestra sociedad también ha desempeñado un papel fundamental la bolsa negra. Para muchos padres resulta bastante escabroso (y por lo general infructuoso) explicarles a sus hijos la diferencia entre los delitos de toda la vida y los que nos impone la castromafia. ¿Con qué argumentos se le puede convencer a un díscolo adolescente de que está mal arrebatar billeteras o allanar domicilios después de ver a sus padres comprar –o vender– carne de res o leche en polvo robadas de mataderos o almacenes estatales?

Y con esos ingredientes (una pléyade de formadores sin oficio, improperios y huevazos contra quienes se desmarcaran de la ideología imperante, tráfico de subsistencia, alejamiento del seno familiar y desprecio por las lecciones de nuestros mayores y otros males) fue dando forma el capo de Birán a ese golem de carne y hueso que años más tarde serviría a pedir de boca a los propósitos del Estado mafioso del siglo 21: el Hombre Nuevo.


Gráfica tomada de Distintas Latitudes