Cuba necesita una nueva República. No un simple cambio de gobierno, ni una reforma cosmética de las estructuras existentes, sino una refundación profunda del orden político, económico y espiritual del país. La vieja república fue secuestrada por la corrupción y el caudillismo; la revolución la enterró bajo la promesa incumplida de una “nueva sociedad” que acabó siendo más autoritaria, más excluyente y más injusta que la anterior. Hoy, el desafío no es volver atrás, sino reconstruir la nación desde los cimientos morales de la libertad y la dignidad humana.
Dagoberto Valdés lo expresó con claridad meridiana: “Cuba necesita refundar su República. Nueva, pero alimentándose de sus auténticas y fecundas raíces.” Esa frase encierra una verdad elemental: no puede haber futuro sin reconciliación con el pasado. Las raíces que deben alimentar la nueva república no son las del dogma ni las del poder militar, sino las de la ciudadanía, la decencia y la verdad.
De la república confiscada a la república posible
Durante más de seis décadas, el Estado cubano se ha transformado en un aparato de dominación total, sostenido por un complejo militar-empresarial —GAESA— que se apropió de la riqueza nacional mientras negaba a los ciudadanos el derecho a la transparencia, la libre asociación y la prosperidad. La “República” se convirtió en una ficción constitucional. Los cubanos dejaron de ser ciudadanos para convertirse en súbditos de un sistema cerrado.
Pero toda república nace —o renace— cuando los ciudadanos deciden comportarse como tales. Cuando reclaman rendición de cuentas, cuando exigen que las instituciones sirvan al bien común y no a una élite. Como escribió Valdés, “la nueva República será democrática, próspera y feliz” si sus cimientos son la participación, la justicia y la libertad. Es decir, si la soberanía vuelve a residir en el pueblo y no en los generales o los burócratas.
La ética de la reconstrucción
Esa nueva república no se construirá en los despachos del poder, sino en el tejido moral de la sociedad civil: en los periodistas que arriesgan su libertad para informar, en los emprendedores que desafían la asfixia económica, en los jóvenes que reclaman transparencia a ETECSA, en los padres que sueñan con un país donde sus hijos no tengan que huir para vivir con dignidad.
La república que vendrá no puede limitarse a sustituir un régimen por otro. Tendrá que reconstruir una cultura política, un sentido de pertenencia y una ética cívica. Valdés recuerda que muchos cubanos han “convertido la queja en propuesta y la nostalgia en acción pacífica”. Esa es la semilla de la nueva república: la acción civil, no el resentimiento; la esperanza, no la revancha.
Un contrato social sin miedo
En el corazón de esa refundación habrá que escribir un nuevo contrato social. Uno que reconozca el derecho a la propiedad, a la libre empresa y a la libertad de conciencia, pero que también repare la fractura moral que el totalitarismo dejó en la nación. La nueva república no puede nacer del odio ni de la venganza, sino del reencuentro de los cubanos entre sí. Reconciliar no significa olvidar, sino restituir la verdad y la justicia como pilares de una convivencia posible.
Esa tarea exige coraje, porque implica desmantelar un sistema de poder mafioso que ha convertido al Estado en botín privado. Pero también requiere humildad: la capacidad de reconocer los errores del pasado, de aprender del fracaso republicano de 1940-1958 y del fracaso socialista de 1959-2024.
La hora de los ciudadanos
La nueva república no espera en el futuro: ya está germinando en cada acto de dignidad. En cada cubano que decide quedarse, crear, protestar o educar a sus hijos en la libertad. En cada emigrado que sigue comprometido con su país sin odio, pero con memoria. Esa es la república moral que precede a la política.
En palabras del propio Valdés, “brotará la libertad fecundante que dará a luz una nueva República democrática, próspera y feliz.” No es un sueño místico: es un proyecto político con alma. Una república que no pertenezca a un partido ni a una familia, sino a una comunidad de ciudadanos libres y responsables.
Cuando esa conciencia cívica se imponga al miedo y la mentira, Cuba dejará de ser un estado y volverá a ser una república.
Ver artículo de Dagoberto Valdés en Árbol Invertido
Imagen: Proyecto Sendero del Polen

