Los múltiples daños ocasionados por el sistema totalitario cubano son palpables hoy, entre otros sectores de la población, en los cientos de miles de hombres y mujeres que simpatizaron o apoyaron el proceso revolucionario. Muchos de ellos, que aún viven, están decepcionados, deprimidos y/o enfermos. El común denominador de estas víctimas es la incapacidad para tomar parte, hasta ahora, como sujetos en el cambio social que se está gestando en la Isla.

La razón de esta reflexión surge de las conversaciones sostenidas por Dimas Castellanos[1] con veintisiete amigos y conocidos residentes en Cuba, que en décadas anteriores se autotitulaban revolucionarios: tres de ellos fallecidos en los últimos dos años, cinco que rompieron el cordón umbilical con el sistema y están activos desde sus respectivas profesiones, cuatro que están muriendo en vida, otros siete que se sienten frustrados pero aún disculpan a Fidel Castro de su suerte, y ocho que oscilan entre la pasividad y la crítica expresada a personas de su confianza, que también han cambiado  su versión de la realidad cubana. Estas veintisiete personas encarnan el sentir de una gran mayoría de cubanos.

Carentes en gran parte de una formación cívica sólida, guiados por el entusiasmo propio de la inmadurez, y encantados por el discurso populista y manipulador del líder revolucionario, muchos cooperaron con la construcción y/o sostenimiento del sistema totalitario. Despojados así de las libertades cívicas, de su condición de ciudadanos y de la memoria histórica, quedaron atrapados en el miedo, la indecisión y la impotencia.

El fracaso del sistema totalitario y su conversión en oligarquía mafiosa, enterraron las razones que llevaron a tantos cubanos a participar como simples piezas de un juego en el que ellos creyeron. Una gran parte de ellos cubanos, biológicamente vivos, pero socialmente muertos, carecen de motivación y voluntad para reincorporarse como sujetos activos y conscientes del cambio que inexorablemente ocurrirá en Cuba.

Las transformaciones que están ocurriendo, tanto en el escenario nacional como internacional, ofrecen condiciones y mecanismos útiles para el tránsito de la desmovilización, depresión y pasividad de esta población mayoritaria, a la condición de ciudadanos activos. Esa posibilidad radica, a su vez, en la incapacidad del Partido-Estado-Gobierno para producir y garantizar funciones primarias como el abasto de agua potable, la alimentación, servicios de salud, vivienda, generación de electricidad, transporte, recogida de desechos, y salarios y pensiones en correspondencia con el costo de la vida: sólo ocho de los principales factores causantes del descontento masivo que se refleja en el desinterés generalizado por los resultados de la producción y los servicios, el éxodo de proporciones alarmantes, el aumento de la violencia y las conductas delictivas, y las crecientes protestas a lo largo y ancho del país.

 Informaciones como la publicada el pasado mes de agosto por la periodista Nora Gamez en el Nuevo Herald,[2] bajo el título “Documentos secretos del ejército cubano muestran enormes reservas de dólares”, en torno a la fortuna que la oligarquía mafiosa tiene depositados en bancos extranjeros o en paraísos fiscales mientras el país está sumergido en la miseria, añaden más leña al fuego.

Esos y otros hechos han generado un doble efecto: el descrédito del poder y la toma de conciencia del pueblo cuando comprende que su situación de miseria no es atribuible solo, ni en primer lugar, al “enemigo”, sino a la política aplicada y monopolizada por esa oligarquía. Ese despertar lento –como todo cambio de conducta en los humanos– ha creado un contexto favorable para romper las ataduras que han mantenido desmovilizados a la mayoría de los cubanos, incluyendo los que ayudaron a construir la jaula en la que están atrapados.

En ese escenario, la élite totalitaria-oligárquica, aunque ha perdido el apoyo popular, mantiene el control sobre los órganos represivos, las fuerzas armadas, y un sector minoritario del pueblo, a la vez que cuenta con la cooperación de gobiernos afines ideológicamente, representantes de los sistemas más antidemocráticos del mundo -entre ellos Corea del Norte, Irán, Rusia, Bielorrusia, China, Venezuela-, y algunos otros de forma más disimulada. A pesar de esas fuerzas y del monopolio absoluto sobre los medios de comunicación, el escenario nacional está cambiando en su contra, mientras el internacional ofrece nuevas oportunidades. De manera que las fuerzas de la oligarquía que detentan el poder se están disipando. Por esa razón, la conversión de esos cubanos en agentes activos está en marcha. Pero su avance requiere, paralelo a las condiciones materiales que lo han propiciado, la toma de conciencia del por qué y cómo fueron arrastrados a tan degradante condición humana. Veamos:

 Al inaugurarse la República en 1902, el país se encontraba en ruinas debido a las tres décadas de guerra que le precedieron. Cincuenta y seis años después, en 1958, ya Cuba poseía una de las rentas más altas de América Latina, un sistema de salubridad mejorado, y el analfabetismo reducido del 57 al 23% (el menor en Latinoamérica). Un salto indicativo de que las causas de la revolución no fueron económicas, sino políticas. Durante los gobiernos auténticos (1944-1952), ciertos factores –las bandas gansteriles, surgidas en la lucha contra el gobierno de Gerardo Machado, las conspiraciones cívico-militares y las emisiones radiales de Eduardo Chibas contra el gobierno de Carlos Prío Socarrás, entre otros– generaron un estado de ingobernabilidad que desembocó en el golpe de Estado de 1952, el cual enfrentó dos respuestas, una cívica y otra violenta: la primera debutó en 1952, encabezada por la Sociedad de Amigos de la República (SAR); la segunda, con el asalto a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo en 1953.

De esas dos tendencias se impuso la violenta, que al tomar el poder en 1959 incumplió dos de los compromisos fundamentales contraídos, por los que cientos de cubanos ofrendaron sus vidas.

1) la restitución de la Constitución de 1940, anunciada por Fidel Castro en el juicio por el asalto al cuartel Moncada en 1953, fue obviada y el 7 de febrero de 1959, reemplazada por unos estatutos denominados Ley Fundamental del Estado Cubano, desde los cuales se echaron los cimientos del totalitarismo.

2) la celebración de elecciones libres e inmediatas se subvirtió el 9 de abril de 1959 con el lema “Revolución primero, elecciones después”. Luego se dieron otros plazos, hasta que el 1 de mayo de 1960, Fidel Castro sustituyó la promesa con el lema: ¿Elecciones para qué?

A partir de esas dos violaciones, la sociedad civil que nació legalmente desde 1878 y se expandió durante la República, fue desmantelada y sustituida por un grupo de asociaciones creadas desde el poder, presididas por figuras provenientes del Ejército Rebelde, y subordinadas constitucionalmente al Partido Comunista. Se erradicó y estatizó la propiedad privada sobre los medios de producción. Los partidos políticos fueron disueltos y suplantados por el Partido Comunista. La enseñanza, los medios de difusión y las instituciones culturales, monopolizados, y los artistas e intelectuales sometidos a la regla impuesta por Fidel Castro en 1961: “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”; extensiva a todos los cubanos. La división de poderes públicos se sustituyó por un solo poder, el de Fidel Castro.

Desde ese control, el Partido-Estado-Gobierno se empeñó en borrar la memoria histórica e impuso su versión distorsionada, de manera que durante más de seis décadas la Historia de Cuba enseñada en las escuelas y divulgada por los medios oficiales –los únicos permitidos–, ha sido la generada desde el poder.

 Como consecuencia del proceso descrito, Cuba retrocedió en materia de libertades un escalón por debajo del siglo XIX cuando España, a cambio de la paz, implantó entre 1879 y 1886 las leyes de imprenta, reunión y asociación. Estas se manifestaron en publicaciones y asociaciones, que dieron nacimiento en la Isla, a la sociedad civil legalizada, suprimida nuevamente a partir de 1959, con la instauración de la dictadura totalitaria devenida oligarquía mafiosa.

En ese proceso confiscatorio y monopolizador radica la principal causa de la incapacidad y/o impotencia de los miles y miles de cubanos que, sin percatarse de las implicaciones de su conducta, directa o indirectamente colaboraron a la instauración del sistema totalitario.

La irrupción de los medios modernos de comunicación y las redes sociales, al romper el monopolio estatal sobre la información, propician lo que antes era imposible: el acceso directo del pueblo a ella. El acceso la información se convierte, así, en un medio y una posibilidad para la toma de conciencia sobre la naturaleza del régimen y de su responsabilidad en el estado de miseria en que se encuentran Cuba y los cubanos. Esto facilita la conversión de personas inactivas en agentes activos.

El uso eficiente de esos medios informativos será decisivo en la recuperación de la memoria histórica, las libertades, la condición de ciudadanos y la restauración de una sociedad civil independiente del Estado.

La involución sufrida fue facilitada por la falta de maduración una sociedad civil que, si bien era potente y mostraba grandes avances, era aún joven. Y un pueblo que luchó con valentía por su independencia e inauguró una adelantada República para su época, por el grado de participación que permitió al pueblo en la toma de decisiones, emergió, sin embargo, de un parto prematuro, con la ocupación norteamericana entre 1898 y 1902.

Para establecer la radical diferencia entre el ideario martiano y el actual totalitarismo mafioso, basta citar los siguientes principios: “una idea es lo que hay que llevar a Cuba: no una persona”;[3] “es rica una nación que cuenta con muchos pequeños propietarios”; [4] “yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.[5] Esos pensamientos de José Martí, Apóstol  de la independencia de Cuba, han sido enterrados junto con nuestra memoria histórica, y sustituidos por mentiras como la atribución de la autoría del Asalto al cuartel Moncada, o de la existencia actual de un solo partido político.

Los miles de cubanos dañados, que por las razones expuestas apoyaron la instauración y consolidación del sistema totalitario, y están despertando de tan prolongado letargo, hoy, en el nuevo escenario, cuentan con las poderosas herramientas en que se han convertido las tecnologías modernas de comunicación y las redes sociales, entre otros medios, para transitar y participar como agentes activos en los cambios que conducirán a la nueva Cuba.

NOTAS

[1] Dimas Castellanos (1943) licenciado en Ciencias políticas, ex profesor de Filosofía marxista, periodista independiente. Ocupó cargos de responsabilidad en el movimiento juvenil en los primeros años de la revolución.

[2] Exclusiva: Reveladas las finanzas del ejército cubano | El Nuevo Herald

[3] José Martí. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.192

[4] José Martí. Obras Completas.  Tomo 7. Nuestra América. Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p.134.

[5] José Martí. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.9