“Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”, escribiera el infausto y nunca bien ponderado trotamundos procomunista Ernesto Guevara. En efecto, para lograr la perpetuidad de un régimen totalmente contrario a la naturaleza humana era necesario deformar la sociedad existente comenzando por su núcleo, el individuo. Y como resultado de esa deformación sistemática e implacable generación tras generación surgió, cómo no, un ente moralmente contrahecho que sirve hoy en día –¡quién lo hubiera imaginado!– como instrumento perfecto al nuevo Estado mafioso del siglo 21: el Hombre Nuevo.

El Hombre Nuevo es amoral en todos los sentidos. Esto no es casual: su sistema de valores fue quebrantado y deformado violentamente desde la infancia. Fue movilizado para engrosar marchas del pueblo combatiente. Fue conminado a insultar a sus vecinos en actos de repudio; les tiró piedras y huevos cuando el éxodo del Mariel. Lo hicieron participar en mítines de reafirmación revolucionaria, en concentraciones, en la tribuna antiimperialista, donde vociferó a regañadientes un odio que estaba muy lejos de sentir hacia “los enemigos de la revolución”. Creció viendo a sus padres mentir para escapar de las represalias castristas. Creció viéndolos comprar comida robada para poder poner algo en la mesa. Creció viéndolos ocultar sus creencias para poder conseguir o conservar un trabajo y aun la libertad. Así aprendió a reprimir su libre albedrío en pos del más abyecto servilismo.

Tal como lo soñó Guevara, el Hombre Nuevo es anárquico por naturaleza. No reconoce ni respeta autoridad, ni códigos, ni normas de convivencia. Si le parece bien y tiene los medios para ello –y con frecuencia los tiene, pues carece de escrúpulos morales a la hora de hacer negocios– el Hombre Nuevo mejorará su casa a costa de destruir la tuya. Y si aparece algún obstáculo o choca con algún problema estructural o constructivo en el proceso, la opción elegida por él como solución pasará infaliblemente por una variante que te afecte. Y de nada servirá quejarte o protestar. El Hombre Nuevo te mirará con indolencia, como si fueras transparente.

Y de nada servirá llevar el asunto a las instancias competentes. El Hombre Nuevo sabe que no hay castigo para sus malas acciones, porque en el Salvaje Oeste en el que la castromafia ha convertido a la mayor de las Antillas no hay leyes ni quien las haga cumplir. Más exactamente, sabe que en Cuba impera la ley del más fuerte y tendrá comprados a quienes deberían castigarlo, pues en el légamo de la corrupción institucional cubana el Hombre Nuevo chapotea a sus anchas; está en su medio, la comprende a la perfección. ¿Cómo no hacerlo? Nacieron juntos de la misma inmundicia y desde entonces han ido de la mano, potenciándose y retroalimentándose mutuamente.

El Hombre Nuevo abomina de la cortesía, que percibe como caduca ridiculez decimonónica. No te ayudará con tus bolsas, no te dará el asiento, no te sostendrá la puerta ni te cederá el paso. Por el contrario, te tomará la delantera aprovechando que va más ligero y es más joven y más rápido.

El Hombre Nuevo es desconsiderado. Perjudicar al prójimo no le quita el sueño. Molestarlo, mucho menos; antes, le divierte. No le interesa si has pasado mala noche, si tienes un enfermo en casa, si has perdido a un ser querido, si te duele la cabeza, si necesitas concentración para trabajar o si estás estudiando para un examen: a cualquier hora del día o de la noche escuchará denigrantes melodías a todo volumen, y lo que es peor: te obligará a escucharlas a ti.

El Hombre Nuevo no conoce el pudor. Al pasar por tu lado alabará la forma y dimensiones de tus partes privadas y te dirá las más innombrables indecencias en voz alta y en público, e incluso se ofenderá y te insultará si lo ignoras en lugar de agradecerle el “piropo”. Si te detesta por algo (pongamos que alguna vez le negaste una malcriadez), o te culpa de algo aun sin tener pruebas, será capaz de vaciar su vejiga en tu puerta con el continente retador y jactancioso de quien se siente valiente al perpetrar una cobardía.

El Hombre Nuevo no es competente. Donde debería estar su sentido de la responsabilidad no hay más que una humillante dependencia. Desde la escuela primaria ha pasado de grado cometiendo fraude. Como resultado, no lee ni escribe bien, no sabe expresarse, no está bien preparado. Su vacío cerebro está totalmente listo para ser inundado con los sofismas y las falacias del discurso oficialista. Pero a pesar de no tener en su bóveda craneal más que telarañas, puede conseguir los mejores trabajos. Merced a su vasta capacidad para comprender los vericuetos de la corrupción, el Hombre Nuevo está bien conectado.

Tan bien conectado que puede que incluso se le señale para cargos de dirección. Se le señale, literalmente. Y una vez posicionado, hará lo que esté en su mano para complacer a quien lo haya nominado. En vez de iniciativa, el Hombre Nuevo desarrolló una infinita capacidad de subordinación. Y en un momento dado, si ve amenazada su posición y la de sus patrones, incluso es posible que dé la orden de combate.